¿Quién soy yo?

¿Cuántas veces nos han hecho esta pregunta en distintos momentos de nuestra vida?

Y tú, ¿quién eres?


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Las respuestas más comunes que solemos escuchar son el nombre, la profesión, el género o la edad. Si a mi me preguntan, ¿quién eres tú?, generalmente respondo: soy Aralia, soy filósofa, soy mujer, tengo 36 años, soy de la Ciudad de México, en fin, puedo dar una lista infinita de características respecto a lo que yo soy pero cuando yo doy esta lista infinita tratando de explicarte quién soy, al final del día no lo logro, no explico propiamente quién soy. Si respondo soy Aralia, les estoy dando mi nombre, si les digo soy mujer, les estoy indicando con qué género me reconozco; podría responder con mi edad o mi profesión, o con cualquier otra característica, pero yo no soy sólo un cúmulo de características, vamos a analizarlo un poco.


La sociedad nos exige que tengamos una identidad, que nos construyamos como individuos, es decir: Yo, Aralia Valdés, tengo una identidad que he construido a lo largo de mi vida, la cual corresponde solamente conmigo. Cada identidad es única, no puede ser robada o adquirida por ninguna otra persona, ¿O sí?.


Hay un viejo dilema, una vieja pregunta que quisiera hacerles:


Si tenemos un barco y ese barco sale al mar, tendrá unos 800 viajes en su vida, y en el viaje 801 se le rompe un pedacito de mástil, otro de proa y uno de popa. Los mecánicos del barco se ponen a revisarlo y reparan todas las averías. Queda muy bien, quedamos muy contentos con nuestro barco y lo volvemos a enviar al mar para que siga pescando. Meses después se vuelve a descomponer, se le rompe otro pedazo y volvemos a llamar al mecánico para que lo reemplace Y así sucesivamente, hasta que de nuestro barco original no queda ni una sola pieza. La pregunta es: ¿sigue siendo el mismo barco o ya es un barco distinto?




Bueno, pues si esa pregunta es compleja para un objeto, tradúzcanla a un humano… La pregunta ¿quién soy? es algo infinitamente complejo: no soy sólo mi nombre, no soy sólo mi edad, no soy sólo mi género, no soy sólo mi nacionalidad, no soy sólo mi profesión, no soy sólo mis gustos. Soy un conjunto de todo esto, Soy un gran compendio de muchas cosas que me componen, la pregunta es ¿Cuántas de estas cosas que me componen pueden cambiar, sin modificar la persona que soy?

¿Realmente podemos decir que somos siempre la misma persona?

Vamos a llevar esta paradoja del barco en términos futuristas: imagínense ustedes que la ciencia avanzó muchísimo. Nosotros tenemos una pareja y vamos con esta persona en auto y de pronto hay un accidente y la persona queda con daño cerebral. La pregunta es: tu pareja que ahora tiene daño cerebral, perdió varias funciones motoras y la habilidad del lenguaje, ¿sigue siendo la misma persona, aunque no pueda hablar y no pueda expresarse de la misma manera en que lo hacía antes?


Cambiamos un poco el ejemplo. De nuevo su pareja tiene un accidente y sufre daño cerebral, pero la medicina ha progresado tanto que logran hacerle un trasplante de cerebro; entonces, queda el mismo cuerpo de su pareja con un cerebro de otra persona que ni siquiera conocemos. La pregunta es:


¿Esa persona con nuevo cerebro y con el cuerpo de tu pareja, sigue siendo tu pareja o es una nueva persona?



La mayoría de las personas tienden a decir que esa ya no sería su pareja porque, aunque tiene el mismo cuerpo, la mente ya no es la misma. Eso quiere decir que la mente es un elemento fundamental o necesario para la identidad, para ser uno mismo. Parece ser que al final de la historia son tres elementos los que nos permiten hablar de identidad o de uno mismo. Uno: la mente, el cuerpo de ideas o de experiencias que tenemos implica la memoria, en la que se destaca la relevancia de tener experiencias de vida con las personas con las que ha tenido contacto tu cuerpo. Dos: el tiempo, la permanencia de las ideas. Si yo tengo un golpe en la cabeza y despierto sin tener ninguna idea, ninguna percepción de lo que yo era antes, ¿sigo siendo yo?. La mayoría de personas responderían que soy una nueva persona, pero si a mí me sucediera, no sé si yo me asumiría como una nueva persona o como la misma Aralia en una construcción distinta. Este tema de la idea del tiempo vivido tiene que ver con lo que llamamos alma o esencia; aunque pierda mis recuerdos, ¿soy la misma persona porque conservo mi esencia?. Y el tercer elemento importante es el cuerpo. Tenemos entonces: mente, tiempo (alma o esencia) y cuerpo. Si perdemos alguno de estos tres elementos podríamos entonces abrir la posibilidad de decir que yo ya no soy la misma persona o que esa persona de enfrente ya no es la misma persona. Para tratar de resumir, la identidad es algo que se construye de manera holística en una sociedad que implica necesariamente tres elementos sólidos o duros, es decir, que permanezcan a lo largo del tiempo, que son: la mente (las ideas, los recuerdos y experiencias), el tiempo (lo que permanece, el alma o espíritu), y el cuerpo, si me cambian totalmente el cuerpo o si modifico mi cuerpo en un 60%, ¿sigo siendo la misma persona?

Hay tres elementos que ponen en entredicho nuestra identidad: la mente, la esencia y el cuerpo.

Vamos con un ejemplo para este tercer punto. Si de nuevo mi pareja sufre un accidente grave y la ciencia está muy avanzada y su cuerpo queda destrozado, pero su mente intacta, y logran trasplantar su cerebro a otro cuerpo; mi pareja va a tener en teoría las mismas ideas que había tenido, los mismos recuerdos y las mismas experiencias, estamos cumpliendo con dos componentes importantes que son mente y memoria (¿alma quizá?), pero va a tener un cuerpo totalmente distinto, incluso puede ser de otro sexo, ¿que pasaría entonces?, ¿yo seguiría viendo a mi pareja como la misma persona o sería una persona totalmente distinta?


Como pueden ustedes analizar, pensar quién soy yo no es algo trivial, y dependiendo -como les dije al inicio de este episodio-, de la respuesta que le demos a esa pregunta, es el cómo nosotros nos situamos en el mundo. Si yo en un momento respondo quién soy yo y mi respuesta es filósofa, entonces lo que estoy poniendo como mi escudo, como mi bandera, como lo que es más importante para mí es el ser filósofa; pero si yo respondo quién soy yo y lo primero que digo es soy mujer, entonces estoy poniendo el género como mi estandarte en ese momento de mi existencia.


Hay que observarnos, hay que ver qué respondemos cada uno, para ver qué elementos estamos enarbolando como constituyentes de nuestra persona.

El riesgo de entender de esta forma el quién soy, es que la palabra Soy es algo que nos lleva a pensar cosas ya hechas, ya determinadas y delimitadas. Cuántas veces no hemos escuchado decir por ahí que el Ser una de dos: o nace incompleto y va buscando por la vida su media naranja o nace siendo perfecto, es decir, es la creencia de que por el simple hecho de pertenecer a la raza humana somos perfectos y superiores a otros. Y… la verdad es que ninguna de las dos, ni nacemos perfectos, pues somos entes absolutamente perfectibles, ni nadie nace buscando a su media naranja, esto tiene que ver con los grandes mitos como el del amor romántico, que veremos en algún episodio futuro en el que profundizaremos al respecto; pero lo importante de esto, es que el Ser, la palabra Soy, suena a una totalidad, es decir: Yo Soy algo. Y eso implica necesariamente una duración en el tiempo que tendemos a distender sin acotar: yo soy (siempre) esto, siempre voy a hacer esto, siempre me han gustado estas cosas, siempre he sido de esta manera. El peligro de hablar de nosotros desde nuestra identidad, desde enarbolar estas banderas que indican lo que sí soy, es que nos generemos una idea abstracta de nosotros mismos, como si estuviéramos obligados a conservar nuestra esencia o los elementos que nos caracterizan de una vez y para toda la vida: yo soy gay, soy mujer, soy varón, soy filósofa, soy luchador, soy mecánico, soy maestra, soy futbolero, etc.


El peligro de hablar de nosotros desde nuestra identidad, desde enarbolar estas banderas que indican lo que sí soy, es que nos generemos una idea abstracta de nosotros mismos, como si estuviéramos obligados a conservar nuestra esencia o los elementos que nos caracterizan de una vez y para toda la vida.

Todas estas cosas que nosotros afirmamos como lo que sí somos, nos llevan a un lugar peligroso, pues nos llevan a pensar que siempre somos de la misma manera y que siempre tenemos que ser de esa manera. El pensamiento de la identidad o la pregunta por el quién soy yo, al final del día nos restringe muchas posibilidades de experimentarnos en continua transformación, pues nos limita a ser sólo de una manera y a defender esa única manera a capa y espada, en contra de todas las otras maneras de ser; así que hay que pensar con cuidado cuando respondemos quién soy. A mí a veces me gusta jugar y responder que no soy, la verdad es que no soy, puedo ser muchas cosas que todavía no soy y no sé quien soy. Pero si yo respondo con determinación que yo soy A, B, C y D, estoy afirmando en mi mente que en un futuro Nunca podré ser H, I, J o K, porque lo que soy hoy es lo mismo que voy a tener que ser siempre y nunca voy a poder ser otra cosa. Por eso lo llaman identidad, porque es algo supuestamente permanente que nos permite identificarnos entre nosotros y por lo tanto señalar a los otros, como si por naturaleza tuviéramos una esencia que indicara nuestro grupo de pertenencia. Hay que tener mucho cuidado con ese pensamiento esencialista, porque es un germen del fascismo, porque esa dizque esencia no es natural ni inmanente a nuestra existencia, sino que se construye dentro de nuestros grupos sociales para hablar de identidad. Es una construcción sociocultural que nos lleva a dividirnos, separarnos y clasificarnos, que sirve para formar filas y decirnos, las mujeres acá abajo, los varones por allá, los negros por acuyá y los blancos acá arriba… En fin, el problema de definir la identidad desde la esencia es que nos lleva a pensar cosas absolutas, ideas completas y totalizantes, lo cual nos quita la posibilidad de seguir construyendo quienes somos y nos fuerza a ya saberlo y definirnos a partir de nuestra supuesta esencia. Recuerden que ya lo dijo Aristóteles, somos animales racionales pero nacemos siendo animales, no nacemos siendo racionales; el ser racional se tiene que ir construyendo. Una cosa es nacer con cerebro y otra muy distinta es nacer sabiendo pensar. La racionalidad no se da por sí misma, sino que es un aprendizaje cultural. Hay un tipo de razonamiento que es natural y común a varios animales, pero la lógica es cultural. Es muy fácil ir por la vida siendo animales, pero no racionales y se supone que lo que distingue al ser humano del animal es precisamente la racionalidad, así que tenemos que entrenar esta racionalidad para poder pensarnos como individuos más allá de nuestra esencia o supuesta identidad. Insisto, es muy peligroso pensarnos desde conceptos que equiparamos con la naturaleza como la esencia y la identidad; el decir cosas como: es que yo soy así desde que nací, nos impiden continuar nuestra construcción como personas. Recuerden que el ser humano es un animal en construcción, todo el tiempo nos estamos reconstruyendo y deconstruyendo, por eso es muy importante que nos permitamos a nosotros mismos deshacernos de ideas viejas y anquilosadas y ver el mundo de manera fresca y distinta. Palabras como la identidad, nos obligan a hacernos de ciertas determinaciones y ciertas definiciones limitadas y limitantes que nos ponen contra la pared, no nos permiten modificarnos a nosotros mismos, no nos permiten ser en libertad; nos permiten sólo ser de modo coartado, absoluto y determinado.


Todas estas cosas que nosotros afirmamos como lo que sí somos, nos llevan a un lugar peligroso, pues nos llevan a pensar que siempre somos de la misma manera y que siempre tenemos que ser de esa manera.

Bueno, vamos a profundizar un poquito más sobre este tema en siguientes episodios, solamente recuerden que los seres humanos nos construimos socialmente. Por ahí vamos a reflexionar en el siguiente episodio, qué es precisamente esta construcción social que determina casi todos los ámbitos de nuestra existencia.



Bueno muchas gracias por escucharme, no olviden ponerse en contacto conmigo, pueden mandarme un mensaje directamente en mi sitio web www.araliavaldes.com.mx o escribirme a hola@araliavaldes.com.mx, también pueden visitarme en mis redes sociales: Facebook @AraliaValdesFA o Twitter @araliavaldesAF


No duden en mandarme cualquier pregunta o comentario, si tienen alguna sugerencia en específico o si quieren que hablemos de algún tema, autor o lo que ustedes gusten.

Muchas gracias, fue un placer estar con ustedes, hasta el siguiente episodio.

© Aralia Valdés 2019

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